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Por: Lic. Josefina Rabinovich

Del vínculo de la pareja

Existen parejas que constituyen un grupo especial, con una característica particular: la pelea es su modo habitual de comunicarse. Los miembros de estas parejas no se sienten mutuamente comprendidos ni satisfechos uno con el otro y no pueden hacer mínimos acuerdos a partir de sus diferencias. Se agreden, se humillan y se provocan recíprocamente, en un circuito cerrado interminable.

Escuchándolos en sucesivas entrevistas me pregunto una y mil veces cómo pueden vivir así. Sin embargo, ellos hace años, dicen, vienen más o menos igual. Puede variar el grado y la calidad de la violencia, puede haber ciclos de tranquilidad combinados con fuertes y desbordadas peleas. Lo cierto es que el tiempo de verdadero placer de la relación nunca existió, o quedó atrás, en el olvido de las primeras seducciones.

Son los bien llamados “cónyuges” , palabra de origen latino que significa “los que llevan juntos el yugo”.

Es habitual que en esas parejas las mujeres vivan en constante angustia, descontrol o confusión, mientras los varones muestran una frecuente ambigüedad, un enojo calmo o aparente indiferencia. Y esto se sostiene en la interacci6n en forma de circuito.

“A mí no me pasa nada, ella es la que está mal – o loca, o enferma, o miente, o no sabe lo que quiere-“, son frases que suelo oír de boca de ellos.

“Cada vez que yo inicio una conversación sobre un tema, él se va por la tangente, no quiere enfrentar las cosas o no quiere hablar de nada”, podrá decir alguna de ellas.

Las mujeres se muestran dispuestas a defender a capa y espada su matrimonio, a hacer hasta lo imposible -yo diría hasta lo más evidentemente inútil e inverosímil- por arreglar lo que por años se mostró inarreglable. Reiteran viejísimas demandas a la oreja sorda de un marido que reclama igual de viejas exigencias. Si ella no cumple con esta condición, yo no puedo cambiar, afirma él. Si él no cambia, no tiene sentido ningún esfuerzo de mi parte, amenaza ella.

Él tiene cada vez menos ganas de volver a casa a la noche. Ella se siente cada vez más frustrada, e impotente. Las peleas continúan, las insatisfacciones se multiplican.

¿Qué pasa con estas mujeres?

Tienen miedo. Si ya tuvieron una separación anterior, expresan que no quieren volver a fracasar. Sienten que quedan vacías si se quedan solas, que lo tienen a él como lo único en el mundo.

Cuando oyen hablar de separación, avizoran, en su fantasía, la caída en el abismo, y, en cambio, prefieren permanecer en el infierno. El infierno del vínculo, a su vez, se autoperpetúa. ¿Presienten que si llegaran a hablar claro podrían caer en diferencias irreconciliables? ¿Y que no tienen un paracaídas, un puente, una red que las sostenga? Generalmente desconocen sus recursos.

¿Y los varones?

Suelen sentirse seguros en su relación, con la gran dependencia por parte de ellas, y aunque no se dirían “felices”, dicen que quieren a sus mujeres, y no parecen necesitar modificar nada. Lo que tienen les alcanza. ¿Quizá porque gran parte de la satisfacción y del equilibrio personal del varón están ligados a la vida extrafamiliar?

Tal vez, justamente porque es la mujer la que todavía en nuestra sociedad depende más del bienestar conyugal y hogareño para su equilibrio emocional general, es ella la que más frecuentemente dice “Basta”.

“Prométame que no me va a dejar sola”, llora Claudia (35 años) en medio de la sesión. “Yo así no creo que tenga sentido seguir viniendo a la terapia”, había dicho en otra, al escuchar a su esposo Eduardo (50 años) decir, claramente, “Yo por mi no quiero tener un hijo, pero por vos lo tendría”.

Ella quiere que él quiera. El no quiere.

Ella fantasea que alguna vez será posible. Mientras tanto sólo le queda patalear, interrumpirlo cada vez que él intenta hablar, descalificándolo de mil maneras. Lo importante es que no hable. Ella se enloquecerá, entrará en confusión, y esto será su coartada: “en este estado no puedo tomar una decisión”, afirma, sensata.

Si dejaran de pelear, empezaría el diálogo entre ellos. Y entonces reemplazarían los problemas de comunicación por conflictos a resolver, esto, efectivamente los podría llevar a tomar una decisión, como eufemísticamente nombran, a la decisión de separarse.

¿Prefieren estar mal acompañados que solos?

Cuando por algún motivo alguno se atreve a decir “Basta” y plantea la separación, puede suceder: que él se dé cuenta de que era en serio que ella no daba más, y que entonces vale la pena intentar algún cambio para retenerla, o recuperarla, o bien que él se alivie, ya que ella decidió la separación que él deseaba pero no se animaba a definir “para no lastimarla”.

Del vínculo terapeuta – pareja

He comprobado que también a lo largo de las sesiones, el vínculo Terapeuta-Pareja se transforma en una desagradable e inoperante pulseada. Cuanto más cambios espera y trata de promover el terapeuta en la pareja, más continúa ésta haciendo lo mismo, es decir peleándose entre sí de igual manera que siempre.

A veces el límite personal del terapeuta lo lleva a intervenciones también límites. Convencido de que no hay nada que se pudiera hacer, que ellos no iban a cambiar, y no porque no lo desearan, sino porque por distintos motivos no podían, el terapeuta decide plantar bandera.

A raíz del efecto inesperado que a veces tiene la bajada de brazos, empecé a probar esto como intervención estratégica. Ahora cada vez que, antes de hartarme yo, noto que las parejas se estancan en este tipo de interacción, “insatisfactoria estable” (en la clasificación de D. Jackson) que ya lleva años, hago alguna connotación positiva y propongo cerrar el tratamiento. Puedo en esa sesión mostrarme francamente decepcionada por no haber podido ayudarlos, o pesimista de que ellos puedan hacerlo, por las desventajas que traería junto con supuestas ventajas, o comprensiva del enorme esfuerzo que ellos deberían mantener durante un largo tiempo para que el cambio, ya probado posible, se mantenga y estabilice.

Puedo entonces decir algo como: “Bueno, parece que no van a poder hacer nada para cambiar, que lo único que pueden hacer es tolerar ambos este grado de insatisfacción o de falta de disfrute, para evitar males peores – la soledad, el fracaso, la desilusión”. “Al menos por ahora, no hay nada que ustedes puedan hacer, por lo tanto yo tampoco”.

“La próxima entrevista podríamos cerrar. ¿Quieren que sea la semana que viene o la otra?” – dejo una posibilidad abierta a la respuesta paradojal que se podrá dar sólo si dejo pasar el tiempo suficiente. “¿O quieren que cerremos acá?” les consulto, asumiendo la posibilidad de que ellos tampoco tengan ninguna esperanza de cambio. “¿O prefieren llamarme para cerrar más adelante?”, pregunto cuando decido estirar mi esperanza al máximo.

Claudia y Eduardo dejaron el tratamiento. Ella disgustada, y él aceptando lo que ella dispusiera.

Mónica y Horacio, en cambio, llamaron a las tres semanas, no para cerrar como habíamos acordado sino para contarme que después de tocar fondo, se habían propuesto hacer nuevos intentos para arreglar la pareja. En realidad ya los habían empezado a hacer. Se estaban escuchando más, cambiado las demandas por pedidos, la invasión por la consulta, la exigencia por la expresión de deseos.

Conclusión

En la relación de pareja, las pautas cambian cuando alguno decide actuar de otra manera, y dejar de tratar de que él o ella lo hagan. En la relación terapéutica con parejas donde el statu quo es “estoy dispuesto/a a hacer que el/la otro/a cambie”, conviene hacer algo diferente, y esto muchas veces es proponer, con fundamentos, cerrar la terapia.

Eso sí, debemos saber que, como las parejas que proponen la separación, estamos jugando con fuego. Podemos quemarnos, o por el contrario, encontrar a tiempo un extintor.

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