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Por: Lic. Norma Pollán

En la noche, se escuchan unos pasitos que se acercan a la cama paterna… y una vocecita “mamá, ¡¡¡tengo miedo!!!”

Este episodio seguramente será reconocido por todos los padres, ya que en mayor o menor medida, y de diferentes modos, todos los niños expresan en algún momento de su vida estas palabras.

En la infancia es normal el surgimiento de angustia en una primera etapa evolutiva, y el sentimiento de temor en una etapa posterior.

Pero, ¿qué es la angustia? ¿qué es el miedo?

La angustia es un temor vago, impreciso. Su causa u origen escapa a quien lo experimenta. Es, por ejemplo, lo que siente el niño ante una situación nueva. El miedo, en cambio, es temor a una cosa determinada y precisa; por ej. a un animal.

Ninguno de estos estados, angustia o miedo, ceden al razonamiento, o a la constatación de la ausencia de peligro. Ambos provocan cambios en la conducta del niño (llanto, tristeza, dificultad para separarse de la madre o del padre, etc.).

Evolutivamente, como hemos dicho, la angustia es anterior al miedo. El bebé conoce la angustia desde su nacimiento. El pasaje del confortable y conocido útero materno al mundo exterior, le suscita inseguridad y angustia.

Esta angustia aparece después frente a distintas situaciones: hambre, ausencia de la madre, rostros y situaciones desconocidas.

Durante los primeros años se suceden los temores: a la oscuridad, a los ladrones, a las cosas rotas, etc.

Algunos de estos temores surgen a partir de experiencias desagradables: el ladrido sorpresivo de un perro o un resbalón en la bañera con sensación de ahogo, por ejemplo. Más adelante, con un mayor desarrollo del “yo”del niño, lo que antes aparecía como angustia ligada a objetos variables se transforma en un temor que se fija a un objeto determinado (el niño tiene, por ejemplo, miedo a las arañas, a los perros o a las tormentas).

Posteriormente, puede experimentar temor ante el pasaje de una etapa a otra de su vida. En el comienzo de la etapa escolar, a veces los niños tienen miedo a la escuela. También en la pubertad aparecen temores normales; pueden surgir a partir de los cambios corporales y/o a las modificaciones en el área social.

Si recorremos nuevamente los momentos en los que aparecen los miedos, llegamos a la conclusión de que éstos surgen desde el momento en que el niño sale al mundo. Nacer, mirar el mundo, conocer lugares nuevos, caras nuevas, caminar, jugar con otros, ir al jardín, a la escuela, los distintos aprendizajes (desde el control de esfínteres al abecé), las modificaciones corporales y las sensaciones que conllevan, son hitos fascinantes pero plenos de incertidumbre.

Es así que los temores tienen que ver con un proceso de crecimiento normal, que va desde el lento despegue de los padres, al ingreso al mundo social desconocido. Debido a que tienen que ver con un proceso de crecimiento, estos temores suelen desaparecer espontáneamente con el desarrollo y fortalecimiento del chico.

Algunas veces, estas dificultades propias del desarrollo se transforman en problemas o síntomas. Esto ocurre cuando el niño tiene dificultades en su adaptación a ciertas situaciones, y/o cuando la respuesta del medio (de la familia y los “otros significativos”) no es la adecuada para favorecer dicha adaptación.

Por ejemplo, un niño criado en la gratificación constante de sus necesidades se verá en dificultades para adaptarse a las exigencias y prohibiciones del mundo, y es posible que sienta temores ante éstas.

En el extremo opuesto, niños criados con un alto grado de exigencia, pueden vivir el mundo y la adaptación a él como “inalcanzable”.

La forma en que los padres o el medio cercano ayudan al niño puede, por lo tanto, reforzar la dificultad en lugar de disminuirla: Juan tiene miedo a la oscuridad y todas las noches aparece en la cama de los padres, quienes, un poco por lástima y otro poco por agotamiento, le hacen un “lugarcito”. Llegado a este punto es más complicado resolver la situación, ya que se ha agregado un beneficio a la experiencia del miedo: dormir con papá y mamá.

Maxi está en la orilla del mar. Mira el agua tímidamente y no se anima… El papá lo insta a que “sea hombrecito” y termina por meterlo en el agua. Maxi ahora llora cada

vez que lo acercan a la orilla y probablemente este temor dure algún tiempo, hasta que Maxi realmente se sienta fuerte como para encarar “la proeza”.

Pero entonces ¿cómo ayudar a su niño? Aceptando estos miedos como válidos para él, no criticándolo. Asumiendo que son normales y en algún momento pasarán. No otorgando beneficios que permitan la instalación del miedo. Brindándole un ámbito continente, esto es: guiándolo con cariño pero con firmeza. Ayudando al niño a descubrir y a confiar en sus propios recursos.

Volviendo ahora al ejemplo de Maxi y su papá, pensamos que si éste acompañara con paciencia al niño a la orilla y lo llevara a meter primero un “dedito del pie” y lo felicitara, y luego el segundo “dedito” y lo volviera a felicitar o se alegrara de su valentía… Maxi probablemente querría seguir probando … y jugando a que es grande.

Para finalizar, queremos decir que si los padres logran no “asustarse” por los miedos de sus chicos, estarán contribuyendo a transmitirles “métodos” para enfrentar las dificultades y lograr seguridad o autoconfianza.

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