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La primera entrevista suele pensarse como un espacio de escucha, exploración y armado del encuadre. Sin embargo, su peso clínico va mucho más allá de lo diagnóstico. En este primer encuentro se toman decisiones que organizan, o desorganizan, todo el proceso terapéutico posterior.

Uno de los errores más frecuentes es aceptar el motivo de consulta tal como es presentado, sin un trabajo activo de reformulación. Cuando el terapeuta no delimita un foco claro desde el inicio, el tratamiento corre el riesgo de volverse disperso, difícil de evaluar y propenso a prolongarse sin dirección definida.

Otro error habitual es intentar abarcar múltiples problemas en simultáneo, bajo la idea de no dejar nada afuera. Lejos de enriquecer el trabajo clínico, esta amplitud inicial suele generar confusión y dificulta la posibilidad de intervenir de manera eficaz.

La primera entrevista es una instancia privilegiada para tomar decisiones explícitas: qué se va a trabajar, por qué ahora, con qué objetivos y bajo qué criterios se evaluará el avance. Estas definiciones no rigidizan el proceso, sino que lo vuelven más claro y operativo tanto para el terapeuta como para el consultante.

Postergar estas decisiones con la expectativa de que “se acomoden solas” suele tener el efecto contrario: la ambigüedad inicial tiende a mantenerse y amplificarse. Pensar la primera entrevista como una intervención clínica en sí misma permite construir tratamientos más focalizados y evaluables desde el comienzo.

 

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