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En la práctica clínica, uno de los interrogantes más frecuentes no es qué intervenir, sino cómo evaluar si lo que se está haciendo está produciendo algún efecto. En muchos tratamientos, el cambio no aparece de manera inmediata ni evidente, lo que puede generar incertidumbre en el terapeuta respecto de la dirección del proceso. Contar con criterios claros para reconocer indicadores de cambio se vuelve, entonces, una herramienta clínica central.

El cambio en psicoterapia no se limita a la desaparición del síntoma ni a la resolución completa del problema. Pensar en términos de indicadores implica ampliar la mirada y registrar modificaciones más sutiles, pero clínicamente significativas, en la forma en que el problema se presenta y se sostiene. Estos indicadores permiten evaluar el proceso sin reducirlo a una lógica de éxito o fracaso.

Uno de los primeros indicadores suele aparecer en el relato del consultante. Aun cuando la situación problemática continúe, puede observarse un cambio en la manera de narrarla: menor intensidad emocional, mayor diferenciación entre hechos y vivencias, o la aparición de nuevas preguntas. Estos desplazamientos en el discurso suelen señalar que la intervención está introduciendo una diferencia en la forma de posicionarse frente al problema.

Otro indicador relevante es el cambio en las conductas asociadas al motivo de consulta. No siempre se trata de modificaciones radicales; en muchos casos aparecen pequeños movimientos, intentos distintos a los habituales o interrupciones parciales de respuestas automáticas. Estos cambios, aunque modestos, indican que el circuito que sostenía el problema comienza a flexibilizarse.

También es clínicamente significativo observar modificaciones en la posición subjetiva del consultante. Cuando deja de sentirse completamente determinado por la situación y empieza a reconocerse con algún margen de acción, se produce un corrimiento que impacta directamente en la posibilidad de cambio. Este desplazamiento no siempre se traduce de inmediato en conductas observables, pero constituye un avance clínico relevante.

La relación del consultante con la terapia ofrece otros indicadores importantes. Mayor implicación en las sesiones, preguntas diferentes, uso activo de las intervenciones o capacidad para evaluar qué le resulta útil y qué no, suelen anticipar cambios posteriores en el motivo de consulta. Estos movimientos indican que la terapia comienza a ser utilizada de otro modo.

Del mismo modo, la ausencia de indicadores de cambio debe ser leída como información clínica. Cuando sesión tras sesión no se registra ninguna variación en el problema, en las conductas o en la posición del consultante, el paso del tiempo por sí solo no producirá transformaciones. En estos casos, insistir en la misma estrategia puede reforzar el estancamiento.

Reconocer indicadores de cambio exige que el terapeuta cuente con criterios explícitos de evaluación y no se apoye únicamente en impresiones generales. La clínica no avanza por acumulación de encuentros, sino por la introducción de diferencias que puedan ser observadas y evaluadas.

Pensar en términos de indicadores de cambio permite tomar decisiones clínicas más ajustadas: sostener una estrategia cuando está produciendo efectos, modificarla cuando no los genera o redefinir el foco del trabajo. De este modo, la evaluación deja de ser un momento final y se convierte en una dimensión permanente del proceso terapéutico.

 

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