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Toda psicoterapia implica una asimetría funcional: el consultante trae un problema y el terapeuta asume la responsabilidad clínica de ayudar a resolverlo. Esto exige un rol activo en la conducción del proceso, que no debe confundirse ni con autoritarismo ni con directividad rígida.

Un rol activo implica tomar decisiones clínicas: definir focos de trabajo, priorizar intervenciones, evaluar resultados y modificar estrategias cuando es necesario. Cuando el terapeuta evita este posicionamiento por temor a influir demasiado, el tratamiento puede quedar excesivamente organizado por el relato del consultante, perdiendo dirección y eficacia.

La conducción clínica no consiste en imponer objetivos ajenos, sino en organizar el proceso de cambio. Esto incluye señalar estancamientos, proponer alternativas y sostener criterios claros para evaluar avances. La pasividad técnica, en muchos casos, no protege la alianza terapéutica, sino que la debilita al diluir el sentido del trabajo.

Asumir un rol activo también implica revisar los propios errores. Intervenir estratégicamente supone aceptar que no todas las decisiones serán acertadas y que la reflexión sobre la propia práctica es parte constitutiva del trabajo clínico.

La eficacia terapéutica no depende solo de la calidad del vínculo, sino también de la capacidad del terapeuta para conducir el proceso con claridad, responsabilidad y disposición a revisar sus decisiones.

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