En la práctica clínica, no todo proceso que continúa en el tiempo está necesariamente avanzando. Existen tratamientos que se sostienen durante meses, o incluso años, sin que se produzcan cambios significativos en el motivo de consulta. Detectar estas situaciones a tiempo es una competencia clínica central, aunque muchas veces resulte incómoda para el terapeuta.
El estancamiento no suele presentarse de manera abrupta. Más bien se instala de forma progresiva: el relato del consultante se repite, las situaciones problemáticas se describen con mayor detalle pero sin modificaciones observables, y las intervenciones generan comprensión, alivio momentáneo o insight, pero no transformación. En estos casos, puede aparecer la sensación de “estar trabajando”, sin que eso se traduzca en cambios concretos.
Una lectura clínica habitual atribuye esta falta de avance a la resistencia del consultante, a su historia o a la complejidad del caso. Sin embargo, otra lectura posible, y clínicamente más productiva, es interrogar la estrategia terapéutica. Cuando una intervención no produce efectos, insistir en la misma lógica suele consolidar el problema en lugar de resolverlo.
Leer el estancamiento como información clínica implica preguntarse qué se espera que cambie, cómo se está evaluando ese cambio y qué indicadores se están tomando como señales de avance. También supone revisar si el foco de trabajo sigue siendo pertinente o si se volvió demasiado amplio, difuso o poco operativo.
El estancamiento no necesariamente indica un “mal tratamiento”, pero sí señala la necesidad de una decisión clínica: redefinir el foco, modificar el tipo de intervención o incluso replantear la continuidad del proceso. Reconocer que algo no está funcionando no es un error, pero sí una condición para intervenir con mayor precisión.
