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El cierre terapéutico suele ser uno de los momentos menos trabajados de manera explícita, a pesar de su relevancia clínica. Con frecuencia, los tratamientos finalizan de forma implícita, dilatada o poco elaborada, lo que puede debilitar los efectos del trabajo realizado.

Cerrar un tratamiento no es simplemente dejar de verse. Implica revisar el motivo de consulta inicial, evaluar los cambios producidos y explicitar las razones de la finalización. Este trabajo permite consolidar los avances y ofrecer al consultante una narrativa clara del proceso recorrido.

Los cierres ambiguos o indefinidos pueden dejar la sensación de algo inconcluso, generar dependencias innecesarias o facilitar reconsultas que no responden a nuevas demandas, sino a la falta de un cierre claro.

Pensar el cierre como una intervención clínica más ayuda a sostener la coherencia del tratamiento y a fortalecer la autonomía del consultante. También permite al terapeuta revisar el proceso, reconocer límites y aprender de la experiencia.

Saber cuándo y cómo cerrar un tratamiento es parte del oficio clínico. Lejos de ser un final administrativo, el cierre bien trabajado potencia los efectos de la terapia y cuida el encuadre profesional.

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