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Una escena frecuente en la práctica clínica ocurre cuando un paciente expresa con claridad que desea cambiar, pero al mismo tiempo encuentra múltiples razones para seguir haciendo lo mismo. Quiere mejorar una relación, abandonar un consumo, modificar un hábito o tomar una decisión importante, aunque cada alternativa parece traer consigo nuevas dudas. Esta experiencia, lejos de ser una señal de desinterés o falta de compromiso, constituye uno de los procesos más habituales en el camino hacia el cambio.

La ambivalencia forma parte de numerosas consultas en salud mental. En ella conviven motivaciones opuestas que generan un equilibrio inestable: por un lado aparecen los motivos para avanzar; por otro, las ventajas percibidas de conservar la situación actual o los temores asociados a las consecuencias del cambio. Comprender esta dinámica permite al terapeuta ajustar sus intervenciones al momento que atraviesa el paciente y evitar interpretaciones simplificadoras sobre su conducta.

Explorar el conflicto interno

La ambivalencia suele expresarse a través de discursos que alternan argumentos en direcciones diferentes. Un paciente puede reconocer que una conducta le genera sufrimiento y, pocos minutos después, explicar por qué siente que todavía no está preparado para modificarla. En lugar de considerar estas contradicciones como un obstáculo para el tratamiento, pueden entenderse como información clínica relevante acerca del proceso que la persona está atravesando.

Explorar ambos lados del conflicto ayuda a comprender qué necesidades satisface la conducta actual, cuáles son los costos que implica sostenerla y qué expectativas despierta la posibilidad de cambiar. Esta exploración permite construir hipótesis más completas sobre el problema y favorece intervenciones acordes con la realidad del paciente.

La motivación se construye durante la conversación

Las decisiones duraderas rara vez aparecen como resultado de la presión externa o de una explicación convincente del terapeuta. Con frecuencia se desarrollan a medida que la persona logra organizar sus propias razones para cambiar y puede relacionarlas con aspectos significativos de su vida.

Durante este proceso, la entrevista clínica ofrece un espacio donde el paciente revisa experiencias, identifica contradicciones y comienza a otorgar nuevos significados a aquello que desea modificar. La motivación deja de entenderse como una condición previa al tratamiento y pasa a concebirse como un proceso que puede fortalecerse a través del diálogo terapéutico.

Respetar los tiempos del cambio

Los procesos de cambio no suelen desarrollarse de manera lineal. Es habitual que existan avances, retrocesos, momentos de decisión y períodos de incertidumbre. Estas oscilaciones forman parte de la experiencia clínica y no necesariamente indican una falta de progreso.

Reconocer el momento en que se encuentra cada paciente permite acompañar su proceso con expectativas realistas. Algunas personas necesitan elaborar durante más tiempo las implicancias del cambio antes de comprometerse con nuevas acciones. Otras requieren revisar experiencias previas o fortalecer la confianza en sus propios recursos.

Respetar estos tiempos favorece una alianza terapéutica sólida y reduce el riesgo de que las decisiones respondan únicamente a la presión del contexto.

Una oportunidad para favorecer cambios sostenibles

La ambivalencia representa uno de los escenarios donde comienza a construirse el cambio terapéutico. Cuando el profesional ofrece un espacio que facilita la exploración de dudas, expectativas y motivaciones, el paciente puede desarrollar una comprensión más amplia de su situación y avanzar hacia decisiones más consistentes con sus objetivos.

Desde esta perspectiva, el trabajo clínico no consiste en acelerar el proceso ni en resolver rápidamente las contradicciones, sino en acompañar la elaboración de un conflicto que, cuando logra ser comprendido, puede transformarse en el motor de cambios profundos y sostenibles.

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