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Es esa época otra vez. Diciembre nos envuelve en un aire espeso, casi ritual. Las luces se prenden, los brindis se multiplican, las agendas se llenan… y por debajo, silenciosa, aparece esa mezcla tan humana de nostalgia, cansancio y autoexigencia.


El mundo parece gritar “¡Celebrá!” mientras una vocecita interna susurra: “¿Habré hecho lo suficiente?”
Y ahí, justo ahí, empieza una tensión conocida: la presión de tener que cerrar el año “bien”.

Cuando los cierres se convierten en trampas

En esta época, muchas personas intentan resolver su incomodidad aplicando estrategias que, sin quererlo, la refuerzan. Desde la Terapia Estratégica Breve las llamamos intentos de solución fallidos: movimientos bienintencionados que, paradójicamente, agrandan el problema.

Veamos algunos de los más frecuentes:

  1. La obligación de felicidad

Forzarse a estar alegre en cada reunión. Poner sonrisas en piloto automático aunque por dentro haya cansancio, preocupación o simplemente silencio. El resultado: estrés añadido y una sensación de “algo está mal conmigo”.

  1. La lista de propósitos como castigo

Esa lista kilométrica que no nace del deseo genuino, sino del inventario de “todo lo que no hice”.  La promesa de “este año sí” se transforma en un látigo emocional.

  1. El balance crítico y despiadado

Ese repaso mental donde solo se subrayan errores, pérdidas o pendientes. Un examen final sin contemplar el contexto, el proceso o las pequeñas conquistas invisibles.

  1. La presión por cerrar ciclos

La creencia de que hay que llegar al 31 de diciembre con todos los asuntos resueltos: emociones ordenadas, discusiones aclaradas, metas alcanzadas. Como si el calendario dictara cuándo uno debe sanar.

Estas estrategias tienen algo en común: intentan controlar lo incontrolable y aceleran un proceso que, por naturaleza, es gradual.

La ilusión de la “varita mágica de enero”

En terapia estratégica llamamos a esto la ilusión de la varita mágica de enero: la creencia popular de que un cambio de fecha puede cambiar patrones que llevan años en construcción.

Esa expectativa crea un doble vínculo:

  • Debés cambiar ya, pero
  • El cambio real no sucede por decreto.

Cuanto más se aprieta, más rígido se vuelve el sistema. Cuanto más queremos que el 1 de enero “nos encuentre distintos”, más nos sentimos atrapados en lo mismo.

Un giro estratégico: dejar de presionar para que algo pueda moverse

Acompañar el final del año no siempre implica resolver: a veces implica acompañar sin intervenir, como quien sostiene la puerta entreabierta para que el aire circule solo.

Aquí te propongo algunos movimientos simples, pero estratégicos, para desactivar el engranaje de la autoexigencia.

  1. En lugar de propósitos, escribí “logros inadvertidos”

¿Qué pequeñas habilidades desarrollaste?
¿De qué situaciones saliste más fuerte, aunque nadie lo haya visto?
¿Cuántas cosas hiciste sin ponerles nombre?

Esto desplaza el foco de la falta a la presencia.

  1. Permitite no cerrar todo

Un cierre no es un candado hermético: es apenas un borde.
Preguntate: ¿qué cosa puedo permitirme llevar al próximo año sin dramatizar? Un duelo inconcluso, un proyecto a medio hacer, una conversación pendiente. Está bien. La vida no sigue los plazos del calendario.

  1. Probá el “Balance de los 3 Verbos”

En vez del clásico “¿cómo fue mi año?”, usá esta tríada:

  • ¿Qué Aprendí?
  • ¿Qué pude Disfrutar?
  • ¿A quién pude Ayudar?

Tres verbos activos que reordenan la mirada y amplían la narrativa.

  1. Practicá la pausa como intervención estratégica

Cuando sientas que la cabeza acelera con pendientes, comparaciones o expectativas, detenete 30 segundos.Respirá y nombrá internamente: “Estoy acelerando”. Esa pausa es un microinterruptor: desactiva el automatismo y permite responder en vez de reaccionar.

¿Por qué funciona?

Porque cuando dejamos de empujarnos, aparece un espacio interno más fértil. Y desde ese espacio, el cambio genuino se vuelve posible.

  • Al reconocer pequeños avances, la autocrítica se suaviza.
  • Al permitir asuntos abiertos, se reduce la ansiedad.
  • Al mirar el año desde aprendizajes y no desde deudas, se fortalece la auto-comprensión.

Así, los finales dejan de ser exámenes y se transforman en estaciones: lugares donde uno pasa, respira y continúa.

Un cierre para el cierre

El final del año no es una meta ni una evaluación: es un peaje en el camino de tu vida. No necesitás llegar impecable, sin errores ni pendientes, para atravesarlo. Necesitás algo mucho más simple: presencia.

Pagá el peaje con las monedas del aprendizaje, incluso con las que pesan. Pasá. No te quedes ahí.El camino que viene adelante no se construye con promesas grandilocuentes, sino con la manera en que decidís transitar hoy.

Este año, permitite acompañar el cierre… sin forzarlo.
Ahí empieza, paradójicamente, la verdadera posibilidad de cambio.

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