En salud mental estamos acostumbrados a pensar en términos de factores de riesgo. Ante una persona que atraviesa una crisis, buscamos antecedentes de intentos, síntomas depresivos, consumo de sustancias, desesperanza, aislamiento, acontecimientos vitales estresantes y otras variables que pueden aumentar la vulnerabilidad.
Esta información es fundamental para la evaluación clínica. Pero hay una pregunta que merece mayor atención: ¿cuánto nos permiten realmente estos factores anticipar lo que va a suceder?
Un metaanálisis publicado por Franklin y colaboradores en Psychological Bulletin analizó 365 estudios realizados durante cinco décadas, con más de 3.400 estimaciones de efectos de diferentes factores de riesgo. Los resultados fueron llamativos: la capacidad predictiva de los factores estudiados fue apenas superior al azar y no había mejorado de manera significativa a lo largo de esos 50 años de investigación. Además, ninguna categoría amplia de factores logró predecir los resultados muy por encima del azar. (PubMed)
Este hallazgo no significa que los factores de riesgo carezcan de importancia. Un antecedente de intento de suicidio, por ejemplo, es reconocido por la Organización Mundial de la Salud como un factor de riesgo importante. La OMS también señala que el suicidio está influido por factores sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales que interactúan a lo largo de la vida. (Organización Mundial de la Salud)
El problema aparece cuando transformamos estas asociaciones en predicciones individuales.
Que una persona presente depresión, haya atravesado una ruptura, consuma alcohol o se encuentre aislada puede aumentar su vulnerabilidad. Pero ninguna de esas características permite establecer por sí sola qué ocurrirá con esa persona. Del mismo modo, la ausencia de determinados factores no permite asumir que el riesgo sea inexistente.
Esto introduce una dificultad clínica importante. La evaluación del riesgo suicida requiere reunir información, pero esa información siempre debe ser interpretada dentro de una historia singular y de un contexto determinado.
El propio metaanálisis de Franklin et al. señala que gran parte de la investigación había estudiado los factores de manera aislada y que existía poca evidencia sobre cómo interactúan múltiples variables entre sí. (PubMed)
La cuestión resulta especialmente relevante porque el suicidio tampoco se distribuye de manera homogénea en la población. La OMS estima que alrededor de 727.000 personas murieron por suicidio en 2021 y señala que fue la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años. El 73% de las muertes ocurrió en países de ingresos bajos y medianos. (Organización Mundial de la Salud)
Estos datos muestran la dimensión poblacional del fenómeno, pero tampoco permiten trasladar directamente las estadísticas a una persona determinada.
En la práctica clínica, esto invita a sostener dos movimientos al mismo tiempo. Por un lado, conocer la evidencia disponible y utilizarla para mejorar la evaluación y la intervención. Por otro, evitar que las categorías estadísticas se conviertan en respuestas cerradas sobre lo que puede sucederle a un paciente.
Quizás una de las dificultades más grandes de la prevención sea justamente aceptar que evaluar riesgo no equivale a predecir el futuro.
La investigación acumulada permite reconocer asociaciones, identificar situaciones de mayor vulnerabilidad y orientar intervenciones. Pero también muestra los límites de nuestro conocimiento. El suicidio emerge de la interacción de múltiples dimensiones y esas combinaciones pueden ser diferentes para cada persona.
Por eso, una evaluación clínica rigurosa necesita mucho más que una lista de factores. Requiere comprender cómo se articulan en esa historia particular, qué está ocurriendo en el presente, qué recursos existen, qué vínculos están disponibles y cómo puede modificarse la situación.
La complejidad no vuelve inútil la evaluación. La vuelve más cuidadosa.
Y quizás uno de los aportes más importantes de la investigación epidemiológica sea precisamente este: recordarnos que conocer los factores asociados al suicidio mejora nuestra capacidad de intervenir, pero no nos permite reducir una historia humana compleja a una fórmula de predicción.
