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La experiencia clínica suele ir acompañada de una sensación de intuición afinada. Con el tiempo, los profesionales desarrollan patrones de reconocimiento que permiten comprender situaciones con rapidez. Sin embargo, esta misma rapidez puede transformarse en una fuente de error cuando no es sometida a revisión.

Los sesgos cognitivos operan de manera automática y afectan el juicio profesional sin que necesariamente seamos conscientes de ello. Uno de los más frecuentes es el sesgo de disponibilidad: tendemos a sobreestimar la probabilidad de aquello que recordamos con mayor facilidad, especialmente si ha sido reciente o emocionalmente significativo. Un caso impactante puede influir desproporcionadamente en la evaluación de situaciones posteriores.

Otro mecanismo habitual es el anclaje. La primera información recibida (una etiqueta diagnóstica previa, la descripción inicial del problema, la opinión de otro profesional) puede fijar un punto de referencia que condiciona las evaluaciones posteriores. Aun cuando surjan nuevos datos, la interpretación permanece parcialmente atada a ese ancla inicial.

También interviene el efecto de coherencia narrativa: la tendencia a construir relatos consistentes y ordenados a partir de información fragmentaria. Esta necesidad de coherencia puede llevar a cerrar prematuramente la exploración clínica, dejando fuera elementos que no encajan en la historia construida.

La práctica reflexiva constituye una herramienta central para contrarrestar estos sesgos. Tomarse el tiempo para revisar decisiones importantes, supervisar, discutir casos con colegas y explicitar los supuestos que guían la intervención son estrategias que aumentan la calidad del juicio clínico.

La intuición no debe ser descartada, pero sí complementada con procesos deliberativos. La combinación entre experiencia y revisión crítica permite disminuir la probabilidad de error sin paralizar la acción terapéutica.

En un campo donde las decisiones tienen impacto directo en la vida de las personas, pensar mejor no es un lujo académico, sino una responsabilidad profesional. Equivocarse menos comienza por reconocer que la mente del terapeuta también forma parte del proceso clínico y que, como cualquier sistema complejo, puede beneficiarse de mecanismos de regulación y supervisión.

Curso de posgrado: Cómo equivocarse menos en terapia

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