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En la terapia familiar sistémica, intervenir no significa aplicar soluciones predeterminadas ni corregir conductas de manera directa. La intervención se orienta a introducir diferencias en el sistema familiar que puedan ser integradas y desarrolladas por sus propios miembros. El cambio emerge cuando la familia reorganiza sus patrones frente a nuevas distinciones.

Los sistemas familiares tienden a conservar estabilidad a través de secuencias interactivas repetitivas. Estas pautas, incluso cuando sostienen el malestar, cumplen una función organizadora: aportan previsibilidad y coherencia. Desde esta perspectiva, el síntoma no aparece como un elemento aislado, sino como parte de un equilibrio relacional que mantiene la estructura del sistema.

Intervenir implica, entonces, alterar la lógica circular que sostiene esa estabilidad. El terapeuta introduce variaciones en la conversación, reformula significados o propone tareas que modifican la secuencia habitual de interacción. Se trata de generar una perturbación suficientemente significativa como para abrir nuevas posibilidades.

Cada intervención se apoya en hipótesis sobre el funcionamiento familiar. Estas hipótesis son necesariamente provisionales y operativas. Funcionan como orientaciones para la acción clínica, no como explicaciones cerradas. La práctica requiere observar cuidadosamente cómo responde el sistema y ajustar las intervenciones en función de esa respuesta.

La eficacia terapéutica no se define por la intensidad de la intervención, sino por la capacidad del sistema para integrar la diferencia introducida. Cuando esto ocurre, se produce una reorganización: nuevas pautas comienzan a reemplazar gradualmente a las anteriores y el repertorio relacional se amplía.

Este modo de comprender el cambio también redefine el lugar del terapeuta. No es quien “produce” la transformación, sino quien introduce distinciones que el sistema puede incorporar. El proceso de cambio es emergente y depende de la dinámica interna de la familia.

Intervenir en sistemas familiares exige, por lo tanto, precisión y calibración constante. La diferencia debe ser lo suficientemente disruptiva como para interrumpir la repetición, pero lo bastante ajustada como para resultar asimilable. En ese delicado equilibrio se juega la potencia del trabajo clínico sistémico.

 

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