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La última sesión del día ha terminado. Apagás la cámara, apoyás la frente en la mano y cerrás los ojos. No por mindfulness… sino por puro cansancio.

Tu mente, ese instrumento que afinás con precisión quirúrgica para otros, suena un poco desafinada. Sentís el peso acumulado de cientos de historias, microgestos, silencios densos, duelos ajenos y la constante responsabilidad de contener lo que se derrama. No es burnout, todavía. Pero es el susurro inconfundible de una copa que está llegando a su límite.

Y te digo algo, colega: es completamente normal. Nadie habla de esto con suficiente franqueza, pero el final de año para un terapeuta no solo agota… desborda.

Los intentos de solución fallidos del terapeuta (sí, también nosotros los tenemos)

Acompañamos sistemas ajenos con brillantez estratégica, pero muchas veces no vemos nuestros propios intentos de solución fallidos. Esos movimientos que creemos nobles, profesionales, éticos… y que en realidad erosionan nuestro propio pozo interno.

  1. La fantasía de la disponibilidad infinita

Ese mandato silencioso de que un terapeuta “de verdad” nunca dice que está cansado.
Que la contención emocional no se agota.
Que cerrar agenda es descuido.
No lo es. Es supervivencia.

  1. El autocuidado como lujo opcional

Ponemos nuestra recarga al final de una lista interminable.
Y cuando llegamos a ese ítem, ya no queda energía ni para pensar en qué nos hace bien.

  1. La identidad fusionada con el rol

Cuando uno lleva muchos años en la profesión, “ser terapeuta” se puede volver la única identidad disponible. Los otros yo, el que ríe fuerte, el que improvisa, el curioso, el torpe, el creativo, quedan archivados como versiones secundarias. Y sin ellos, la batería emocional se reduce a la mitad.

  1. La trampa de la responsabilidad total

Esa sensación de que el proceso del consultante depende, casi exclusivamente, de nuestras maniobras. Como si la terapia fuera cargar un recipiente ajeno con nuestra propia agua.
Spoiler: no funciona. Y deshidrata.

 

La paradoja estratégica aplicada a nosotros mismos

Trabajamos con paradojas todo el tiempo. Sabemos que muchas veces, empujar más genera más resistencia. Que hacer más puede significar lograr menos.

Pero cuando se trata de nuestro propio autocuidado… olvidamos esa lógica.

La verdad es esta:

Más entrega no es más eficacia… Es, muchas veces, lo contrario.

Un terapeuta agotado es como una copa fracturada: por más agua que quiera contener, se filtra.

Tu sostenibilidad no es un acto de egoísmo.
Es un acto ético.
Es el cimiento de tu eficacia.

Protocolo estratégico de cierre de año para el terapeuta

Aquí va un plan concreto, práctico y probado para cerrar tu ciclo laboral con dignidad, estrategia y humanidad.

Estrategia 1: El Ritual de Cierre de la Consulta

Antes de tu último día del año, dedicá 30 minutos exclusivamente al cierre.

  • Ordená tu escritorio o tu sala.
  • Cerrá pestañas, carpetas, expedientes.
  • Guardá notas sueltas.
  • Apagá la luz como quien baja un telón.

Y decí en voz alta: “Por ahora, mi trabajo aquí ha terminado.”

Tu cerebro necesita señales físicas y simbólicas.
Cerrar es un acto, no una intención.

Estrategia 2: El Límite Técnico del “No-Pensar”

Durante tus primeros días de descanso, vas a experimentar la intrusión profesional: consultas imaginarias, análisis mentales, hipótesis espontáneas.
Normal.
Somos artesanos del pensamiento.

La tarea estratégica es:

  1. Reconocer el pensamiento.

  2. Nombrarlo: “Esto es un pensamiento, no es mi trabajo ahora.”

  3. Redirigir la atención a una sensación física presente:

    • el sabor del café
    • la textura de tu ropa
    • la temperatura del aire
    • la música que escuchás

Es un entrenamiento en desapego funcional.
No vacía la mente: le cambia la función.

Estrategia 3: La Re-conexión con tus Otros Yo

Hace una lista real de tus identidades no-terapéuticas:
¿Quién sos cuando no estás sosteniendo a nadie?
¿El caminante? ¿La cocinera? ¿El que baila pésimo pero con felicidad?
¿El que mira documentales absurdos?

Elegí uno y programá una cita contigo mismo para ejercerlo.
No es un recreo: es una reparación.
La persona detrás del terapeuta es tu recurso más valioso.

Si esa persona no respira, la consulta tampoco.

¿Por qué funciona este protocolo?

Porque interviene en procesos, no en contenidos.

  • El ritual marca un límite concreto para la mente.
  • El “no-pensar” estratégico corta la rumiación profesional que drena energía.
  • La reconexión con otras identidades expande tu yo y evita la fusión tóxica con el rol terapéutico.

Esto no es autoayuda.
Es estrategia pura.
Es prevención profesional.

Cuidarte es parte del trabajo

Cerrar tu año no es apagar la luz y esperar lo mejor. Es un acto deliberado, profesional y éticamente necesario.

Es recordar que el recurso más importante de tu práctica no es tu título, tu supervisión ni tus técnicas.

 Sos vos.
Tu presencia.
Tu capacidad de resonar sin colapsar.
Tu sensibilidad sin perder límites.

Llená tu propia copa.
Repará tu propio pozo.
Cargá tu propia batería.

Porque en enero, alguien va a confiar en que estés ahí, presente, lúcido y disponible para contenerlo. Y para poder sostener al otro… primero tenés que poder sostenerte a vos.

Buen cierre de año, colega.
Y mejor descanso.

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