El enfoque sistémico propone un desplazamiento fundamental en la comprensión del malestar psicológico: el foco ya no se sitúa exclusivamente en el individuo, sino en los patrones relacionales que configuran su experiencia. Von Schlippe y Schweitzer desarrollan esta perspectiva enfatizando que los síntomas no pueden comprenderse fuera del contexto comunicacional en el que emergen.
El pensamiento sistémico parte de la idea de que los sistemas humanos (familias, organizaciones, parejas) funcionan mediante procesos circulares. Se trata de secuencias de interacción donde cada conducta es simultáneamente respuesta y estímulo, abandonando así la idea lineal de causa-efecto.
Este cambio epistemológico transforma la práctica clínica. El terapeuta deja de buscar “la causa” del problema en un miembro específico y comienza a formular hipótesis sobre cómo el patrón de interacción mantiene el síntoma. La pregunta ya no es “¿qué le pasa a esta persona?”, sino “¿qué función cumple este comportamiento dentro del sistema?”.
El modelo enfatiza que toda descripción es una construcción. El terapeuta no descubre una realidad objetiva, sino que participa en su co-construcción a través del lenguaje. Las intervenciones, por lo tanto, no solo modifican conductas, sino también marcos interpretativos.
Desde esta perspectiva, el cambio terapéutico se produce cuando se amplían las posibilidades de observación y acción del sistema. Introducir nuevas diferencias en el patrón relacional permite que el sistema reorganice sus propias dinámicas.
La práctica sistémica exige, entonces, una actitud reflexiva constante: el terapeuta forma parte del sistema que observa e influye en él con cada intervención.
