En terapia familiar sistémica, la posición del terapeuta constituye un elemento técnico central. El profesional no se ubica por fuera del sistema que observa: desde el momento en que interviene, pasa a formar parte del entramado relacional. Cada pregunta, cada reformulación y cada silencio influyen en la dinámica familiar.
Este supuesto implica un desplazamiento respecto de modelos más tradicionales. El terapeuta no es un experto que descubre una verdad oculta sobre la familia, sino un participante que contribuye a la construcción del problema y de las alternativas de cambio. La intervención no ocurre sobre el sistema, sino dentro de él.
En este marco, la neutralidad adquiere un significado específico. No se trata de distancia emocional ni de indiferencia, sino de una postura que evita alineaciones rígidas con una versión del conflicto o con un miembro en particular. El terapeuta procura sostener simultáneamente distintas perspectivas, reconociendo que cada integrante describe la situación desde su propia posición dentro del sistema.
Esta neutralidad operativa resulta especialmente relevante en contextos de polarización. Cuando los miembros buscan validación exclusiva de su punto de vista, el riesgo es que el terapeuta quede capturado en una coalición. Mantener una posición equilibrada permite que el espacio terapéutico funcione como ámbito de exploración y no como escenario de arbitraje.
La curiosidad clínica cumple un rol fundamental. En lugar de confirmar rápidamente hipótesis, el terapeuta formula preguntas que amplían la observación del sistema. Explora diferencias, excepciones y variaciones en los patrones de interacción. Esta actitud moviliza procesos reflexivos dentro de la familia y favorece nuevas comprensiones.
Al mismo tiempo, la práctica requiere reflexividad. El terapeuta reconoce que sus categorías conceptuales, valores y marcos de referencia influyen en la conversación terapéutica. No existe una observación completamente objetiva. Por ello, el trabajo clínico exige una revisión constante del modo en que las propias intervenciones configuran el campo relacional.
Las hipótesis se formulan como provisionales. Funcionan como herramientas para orientar la intervención y se ajustan en función de la respuesta del sistema. La flexibilidad y la disposición a revisar supuestos constituyen condiciones necesarias para sostener el proceso.
Intervenir sin ocupar el centro implica también tolerar la incertidumbre. El cambio no es producido de manera directa por el terapeuta, sino que emerge cuando el sistema reorganiza sus patrones frente a nuevas distinciones. La tarea clínica consiste en introducir diferencias significativas sin apropiarse del protagonismo del proceso.
En terapia familiar sistémica, la eficacia no depende únicamente de la técnica empleada, sino del modo en que el terapeuta se posiciona frente a la complejidad. Neutralidad, curiosidad y reflexividad son condiciones que permiten sostener un espacio donde el sistema pueda observarse y transformarse.
