fbpx

La evaluación del riesgo suicida es uno de los momentos más sensibles, y a la vez más decisivos, en la práctica clínica. Aunque muchas veces se la concibe como una etapa previa al tratamiento, la experiencia muestra que evaluar y tratar son, en realidad, procesos simultáneos. Desde el primer contacto con un paciente en crisis, ya estamos interviniendo.

Las escalas de riesgo, si bien pueden ser herramientas útiles, tienen limitaciones importantes. Su sensibilidad y especificidad son bajas, y no permiten predecir con certeza quién se suicidará y quién no. Aun así, muchos dispositivos las siguen utilizando como criterio único para tomar decisiones que pueden tener consecuencias graves, como una internación.

La evaluación eficaz no se reduce a llenar formularios. Implica comprender el tipo de conducta suicida, explorar la intencionalidad, los factores precipitantes, los recursos internos y externos, la red social, la forma de afrontar el malestar y, sobre todo, el estado emocional y cognitivo del paciente. Todo esto requiere tiempo, escucha activa y una disposición empática que abra la posibilidad de construir un vínculo.

En este sentido, la evaluación del riesgo no solo tiene una función diagnóstica, sino que también inaugura la alianza terapéutica. Y ese vínculo puede ser, en muchos casos, el primer factor protector disponible. Como señala Marsha Linehan: «Con un paciente con alto riesgo suicida, la relación con el profesional es lo que lo mantiene vivo cuando todo lo demás falla.»

Evaluar es, entonces, mucho más que medir: es acompañar, es preguntar sin miedo, es registrar lo que el paciente dice y también lo que no puede decir. Y es, quizás, ofrecer por primera vez una experiencia distinta de encuentro en un momento donde todo parece perdido.

Previous Next
Close
Test Caption
Test Description goes like this