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Por: Lic. Eduardo Cazabat

Hace ya bastante tiempo que la “depresión” se ha incorporado a nuestro lenguaje cotidiano. Es muy común escuchar que “Fulano está deprimido porque la novia lo dejó” o que “Zutano es un poco depresivo porque se ríe poco”. Pero, ¿son estos y muchos otros estados de ánimo depresiones en el sentido clínico? Pueden serlo o no, dependiendo de una serie de factores. Para discriminarlo es bueno distinguir la tristeza de la depresión.

La tristeza es una reacción normal a sucesos que nos afectan gravemente: la pérdida de un ser querido, la ruptura de una pareja, un fracaso económico. Frente a tales sucesos, lo raro sería no entristecerse. En estos casos, la tristeza es una reacción adaptativa que tiende a adecuar a la persona a la situación de duelo por la que atraviesa, permitiéndole elaborarla.

Ahora bien, ¿qué significa elaborarla?

Básicamente, estar triste todo lo necesario y aceptar el inevitable dolor. El tratar de sobreponerse a toda costa y prematuramente puede ocasionar un verdadero problema. La tristeza podría quedar “enquistada” o “latente” aflorando más virulentamente después, o provocando dificultades en el desempeño de la persona en distintas áreas.

Por otro lado, quien se permite estar triste, responde así a una compleja trama de expectativas sociales (por lo general no se experimentan sentimientos positivos hacia quien, por ejemplo, sale a bailar poco después de la muerte de un familiar). En cambio, la expresión de tristeza suele inducir en el entorno una actitud de protección, consuelo y amparo, que ayuda a superar la misma.

Más aún, hay casos de personas que, debido por ejemplo a enfermedades orgánicas, matrimonios mal avenidos, etc. pasan gran parte de su vida tristes, sin que se los pueda diagnosticar como deprimidos.

Si bien los síntomas nucleares en la mayoría de las depresiones son la tristeza y el decaimiento en el área emocional, no son los únicos. También existen manifestaciones sintomáticas en otras áreas: volitiva, vegetativa y cognitiva, por proponer una forma de clasificación.

En el área volitiva se presentan, por ejemplo, falta de voluntad para realizar las actividades habituales, dificultad para levantarse a la mañana, desgano y abulia en general.

Respecto del área vegetativa, la depresión puede cursar con constipación o diarrea, falta de apetito, palpitaciones, entre otros síntomas “orgánicos”.

En el área cognitiva, la persona deprimida presenta una estructura de pensamiento que la lleva a distorsionar negativamente la realidad (ideas de ruina, suicidio, etc.)

El deprimido está incapacitado para experimentar placer, principalmente debido a estas distorsiones cognitivas de las que es víctima. Estas distorsiones cognitivas se a través de una visión negativa de sí mismo. Frente a un fracaso amoroso, por ejemplo, la reacción de tristeza estará circunscripta al dolor de la pérdida, mientras el deprimido se autorreprochará por no tener la capacidad de amar o ser amado. Expectativas negativas respecto del futuro. En el caso anterior, el pensamiento típico es “nunca nadie me amará”. Expectativas negativas respecto del ambiente. “Todos me rechazarán por mi incapacidad”.

Esta forma particular de interpretar la realidad, esta especie de filtro pesimista, forma un círculo vicioso que tiñe sus pensamientos, sus relaciones, sus acciones, y corre el riesgo de transformarse en una profecía autocumplidora.

Ahora bien, ¿cuál es la importancia de diferenciar la tristeza de la depresión? La importancia radica, entre otras cosas, en que las medidas a tomar son muy diferentes en un caso y en otro.

En el primer caso, la persona por lo general cuenta con recursos para enfrentar la situación dolorosa. Una eventual psicoterapia debería apuntar a movilizar dichos recursos. Aunque es sabido que la terapia más eficaz en estos casos es el paso del tiempo.

Por el contrario, en el caso de la depresión, la psicoterapia suele ser útil porque posiblemente solamente el paso del tiempo no solucionaría la situación y el padecimiento. El “deprimido” no puede utilizar sus recursos para salir de su estado, y las formas en que los familiares, amigos u otros personajes significativos emplean para “ayudarlo” suelen fracasar.

A pesar de las buenas intenciones, el “sentido común” no es efectivo en estos casos, y suele ser, incluso, contraproducente debido a que enfrenta al “deprimido” con un nuevo fracaso: el de no poder aplicar el “sentido común” o los buenos consejos.

Esperamos que haya quedado clara la diferencia y la importancia de hacerla, y antes de finalizar queremos darle algunos “buenos consejos”: si está triste por alguna razón, resérvese algún momento del día para conectarse profundamente con su dolor, durante todo el tiempo que necesite hacerlo.

Si Ud. quiere a alguna persona que esté triste, déle la oportunidad, si lo desea, de compartir su dolor con Ud. sin tratar de “animarla” a sobreponerse.

Y por último, si no puede aplicar ninguna de estas sugerencias, le pedimos que no se esfuerce en usarlas de todos modos; es probable que le salga peor que dejar que todo suceda espontáneamente.

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