En el abordaje del suicidio, una de las claves más importantes, y más frecuentemente pasadas por alto, es la evaluación precisa de la intencionalidad. No todas las conductas autoagresivas tienen como objetivo la muerte, y no toda ideación implica un riesgo inminente. Comprender esto es esencial para no sobreactuar ni subestimar.
El concepto de espectro suicida resulta útil para ordenar la clínica. En un extremo se encuentra la ideación suicida, que puede ser leve, moderada o severa, y que no necesariamente se transforma en conducta. En el otro, se ubican los actos con intención letal clara, como los intentos suicidas planificados. Entre ambos polos, existe una amplia gama de manifestaciones: autoinjurias no suicidas, conductas autoagresivas sin fines letales, amenazas suicidas o lo que se ha llamado “gestos suicidas”.
La clave diferencial es la intencionalidad. ¿El paciente quería morir? ¿Había una planificación? ¿Conocía la posible letalidad del método utilizado? Estas preguntas permiten distinguir entre una conducta suicida y otras formas de autoagresión que, aunque graves, requieren abordajes distintos.
No hacer esta diferenciación puede llevar a consecuencias indeseadas. La internación psiquiátrica de alguien que no presenta riesgo de vida puede ser no solo innecesaria, sino también estigmatizante y contraproducente. Al mismo tiempo, minimizar una conducta autoagresiva por considerarla “manipulativa” puede invisibilizar un pedido de ayuda urgente.
Pensar el suicidio como un espectro nos obliga a matizar, a abandonar el diagnóstico rápido y a sostener una mirada clínica más fina. En ese ejercicio, la pregunta por la intencionalidad no es sólo una herramienta diagnóstica: es también un acto de escucha ética.