En el trabajo con familias, no siempre lo que se presenta como motivo de consulta coincide con el objetivo terapéutico. La queja suele describir un problema localizado en un miembro: “mi hijo está desmotivado”, “mi pareja es distante”, “ella está deprimida”. pero desde una perspectiva estratégico-interaccional, el foco se desplaza hacia el resultado que se quiere alcanzar.
Esta distinción no es menor. Si el terapeuta se limita a intentar “curar” una supuesta patología familiar, corre el riesgo de quedar atrapado en una lógica diagnóstica que rigidiza el proceso. En cambio, cuando la intervención se orienta estratégicamente hacia un objetivo definido, las entrevistas (familiares, vinculares o individuales) pasan a estar al servicio de ese propósito.
La decisión sobre el dispositivo no responde a una regla fija. No siempre es necesario trabajar con toda la familia, ni hacerlo en todas las sesiones. La inclusión de determinados miembros sigue una lógica estratégica: se cita a quienes puedan aportar información relevante o colaborar activamente en el tratamiento. En el caso de un adolescente, muchas veces el trabajo principal se realiza con los padres; si el problema está influido por la dinámica de pareja, será pertinente convocar a la pareja; si el entorno refuerza una conducta fóbica, el entorno se convierte en parte del abordaje.
La mirada se centra en lo que sucede “entre” las personas y no exclusivamente “dentro” de ellas. Por ejemplo, frente a una persona deprimida, el análisis se dirige a observar cómo reaccionan sus otros significativos ante esas conductas: qué hacen, qué sienten, qué interpretaciones sostienen. Este desplazamiento permite comprender cómo ciertas respuestas bien intencionadas pueden estar manteniendo el problema.
Desde esta perspectiva no se construye un diagnóstico familiar en términos de patología. La familia no es definida como tóxica ni enferma. Se parte de la premisa de que cada miembro está haciendo lo mejor que puede dentro de su realidad, aunque el sistema se encuentre estancado.
La misión terapéutica consiste en ayudar a salir de ese estancamiento. Esto implica identificar las conductas que mantienen el problema, junto con las emociones y atribuciones que las sostienen. Muchas veces, las soluciones intentadas —como insistir reiteradamente para que alguien “reaccione”— parten de la angustia o ansiedad de los familiares, pero terminan reforzando el circuito problemático.
Redefinir el encuadre desde la queja hacia un objetivo estratégico permite organizar el tratamiento con mayor claridad y flexibilidad. El foco deja de estar en señalar culpables y se orienta a generar movimientos concretos que destraben la dinámica relacional.
