Acompañar a alguien que atraviesa una crisis suicida puede generar una mezcla de angustia, miedo e impotencia. Surgen preguntas difíciles: ¿qué hacer? ¿qué decir? ¿cómo ayudar sin invadir ni empeorar la situación? Frente a esta incertidumbre, muchas familias se paralizan o actúan desde mitos que, lejos de prevenir, pueden obstaculizar.
Uno de los errores más frecuentes es evitar hablar del tema por miedo a “dar ideas”. Sin embargo, está demostrado que preguntar directamente sobre pensamientos suicidas no aumenta el riesgo, sino que brinda alivio. Escuchar sin juzgar, sin minimizar ni dramatizar, puede ser el primer acto terapéutico.
Otro mito habitual es creer que quien dice que quiere morir, no lo hará. En realidad, la mayoría de las personas que concretan un suicidio han expresado verbal o indirectamente sus intenciones. Las frases de despedida, los cambios bruscos de conducta, la preparación de documentos o regalos, deben ser leídas como señales de alerta.
Es importante entender que muchas veces quien piensa en suicidarse no desea morir, sino dejar de sufrir. Está atrapado en una situación emocional percibida como intolerable y ve en la muerte la única salida. Por eso, el trabajo familiar no pasa por “convencer” de lo contrario, sino por sostener, acompañar y ayudar a encontrar otras formas de aliviar ese dolor.
El rol de la familia es central: una red presente, cohesionada, que no juzga ni abandona, puede ser un factor protector de primer orden. A su vez, es fundamental que quienes acompañan también se cuiden y pidan ayuda profesional cuando lo necesiten. No están solos, y no tienen por qué saber cómo actuar sin apoyo.
Hablar, escuchar, estar. Esos son, muchas veces, los gestos que hacen la diferencia.